Entre dos mundos

Crédito editorial: Lenscap Photography / Shutterstock.com

El sábado me desperté a las 8 de la mañana y lo primero que hice fue irme a la cocina a hacerme un poco de avena con leche. La puse en el microondas y la dejé calentar por dos minutos. Es lo que suelo desayunar por ahora. Antes tomaba café todos los días, pero luego el dentista me dijo que no abusara tanto de eso así que preferí hacerle caso y ya no tomo mucho café desde que empezó el año.

Después, regresé a mi habitación, cogí mi tableta y me puse a leer el periódico; en realidad dos periódicos: uno inglés y el otro peruano porque soy del Perú. En Inglaterra leo muchos diarios, de papel y por internet, pero el único diario al que estoy subscrito en estos momentos es a la versión digital de The Telegraph. También leo The Sunday Times, The Daily Mirror, New Statesman, The Spectator, The Daily Mail, The New European, The Guardian e incluso a veces hasta The Sun. No le soy fiel a ninguno. Le soy fiel a mi curiosidad que no discrimina posiciones políticas. Obviamente, no los leo todos en un mismo día ni leo los diarios todos los días. Eso es imposible, tiempo me faltaría, pero sí los leo con regularidad. Estoy muy agradecido con la prensa británica por haber revivido mi vocación periodística que por muchos años naufragaba.

La única razón por la que me subscribí a The Telegraph es porque de todas las columnas de opinión que leo ahí la que más disfruto es la de Daniel Hannan, un político británico conservador que hace poco le concedieron un life peerage, es decir, es un lord inglés.

No soy conservador, pero creo que Daniel Hannan escribe con mucha honestidad. Sus cuestionamientos agudos a la izquierda progresista me parecen válidos, desafiantes, pero respetuosos y tienen mucho sentido porque muchas veces acusan la doble moral e hipocresía en la que lamentablemente caen sus detractores. Veo en él un político honesto que se atreve a decir con elocuencia y sin miedo lo que piensa.

Pero existe otra razón más por la que leo a Hannan. Para mi sorpresa, el conservador británico es peruano de nacimiento y de padres ingleses. Vivió sus primeros años de infancia en mi país mucho antes que yo naciera. Cuando tenía tan solo cuatro años de edad, una turba de matones envalentonada por el golpe militar del General Juan Velazco Alvarado en 1968 trató de atacar a su familia y robarles su hacienda, incluso intentaron quemar la entrada principal, pero su padre y sus guardianes felizmente lograron dispersarlos lanzando disparos. Ese suceso fue la razón por la que su familia y en realidad gran parte de la comunidad peruana-británica se fue del Perú.

Desde que me enteré que era peruano gracias a un ex compañero de trabajo allá por el 2016 justo unos días después del referéndum, lo busqué por internet y es así como empecé a escuchar sus conferencias, entrevistas y a leer sus columnas. Es un tipo muy inteligente, muy culto. Yo soy europeísta, es decir, admiro a la Unión Europea como quizá todo latinoamericano resignado a ver la desunión que existe entre nuestros pueblos hermanos a pesar de hablar la misma lengua; él no. Al contrario, es uno de sus críticos más agudos, pero a pesar de estar en contra de la UE, no solo es anglófilo, sino también hispanófilo y francófilo. Domina muy bien el francés y el español con acento latinoamericano, es decir sesea como nosotros, como yo.  

Al principio también leía The Telegraph en versión papel, pero luego sus artículos se me fueron acumulando y ya no sabía dónde guardarlos. Es la ventaja que tiene la versión digital, hay que aceptarlo, te permite coleccionar las columnas que lees y regresar a ellas con mucha facilidad.

Seguí desayunando mientras deslizaba el índice derecho a ver qué más podía captar mi atención y me encontré con una columna muy instructiva y conmovedora escrita por el poeta punk John Cooper que contaba la importancia en su carrera literaria de haber leído a Charles Baudelaire (1821-1867) cuando era chico.

Las flores del mal de Charles Baudelaire por Charles Maurin (1891) Crédito editorial: DeAgostini/Getty Images

El artículo tenía como imagen de cabecera un cuadro erótico hecho por Charles Maurin inspirado en el poemario Les Fleurs du mal (Las flores del mal) de Baudelaire que revolucionó la poesía en 1857. En la pintura aparece un hombre enfermo vestido de negro con el rostro verde recostado sobre el tronco de un árbol con un grupo de mujeres desnudas a su alrededor en una colina lejos de la ciudad. Algunas lo contemplan como si lo tuvieran hechizado; una se tapa el rostro de vergüenza por estar desnuda; otra parece estar dormida con la cabeza sobre su clavícula o mirándose los pechos; otra mira al suelo; otra al fondo está de espaldas y las demás que están con ella parece que bailan lejos del hombre enfermo. Una ilustración hermosa.

Continué leyendo otros artículos más y después empecé con el diario peruano. Desde hace unos meses leo religiosamente el semanario de César Hildebrandt con el que me mantengo al día sobre lo que pasa en mi país, sobre todo ahora que se avecinan las elecciones presidenciales. Nunca me pierdo la columna que escribe él. Me parece uno de los pocos periodistas de prensa escrita que vale la pena seguir en Perú. Es el tipo de periodista que ama su profesión, no se vende y siempre fiscaliza al poder de turno. Sigo a otros periodistas peruanos también, pocos en realidad, pero confío más en él.

Estoy tan acostumbrado a la variedad de opiniones, a la riqueza léxica, a la calidad de sus investigaciones y los features de los diarios ingleses que cuando luego regreso a los diarios peruanos, me apena que no haya punto de comparación, y que si en realidad es verdad que alguna vez existió, como siempre se dice, un periodismo de calidad en mi país antes que yo naciera pues entonces es una pena haber nacido demasiado tarde porque los diarios más importantes del Perú están muy por detrás del periodismo que hacen los ingleses. ¿Es un asunto de dinero? ¿uno cultural? ¿de verdadera vocación periodística? ¿Son los diarios el reflejo de su país? Tal vez sea un poco de todo. El semanario de Hildebrandt es una excepción.

Lo que más admiro del periodista César Hildebrandt es su pasión por el periodismo, por la lectura, la historia y comparto esa frustración que él tiene, que es exactamente la misma que siento yo, por pertenecer a un país que no aprecia la lectura ni la vida intelectual y que cada vez que busca un nuevo presidente parece no tomárselo en serio. Se necesitan periodistas como él que no solo sean opinólogos, sino que también le exijan cuentas al gobierno de turno. Veo algo de mí en él, o mejor dicho para no caer en una vana petulancia, veo un modelo de lector y periodista que me gustaría imitar y que en realidad trato de imitar de manera solitaria desde esta isla donde me encuentro, aunque debo reconocer que voy muy atrasado.

En total me pasé aproximadamente el sábado por la mañana dos horas y media leyendo ambos periódicos y buscando algunas palabras nuevas en español y en inglés que apunté en un cuaderno rojo que tengo y que reviso para nutrir los dos idiomas que hablo y en los que escribo desde Inglaterra.

Me pongo muy feliz como un niño que recibe caramelos cuando encuentro palabras nuevas, modismos ingleses, castellanos, o peruanismos que hace tiempo no escuchaba. Me gusta memorizarlos, saborearlos, rumiarlos; si la definición de un vocablo no me queda clara, voy entonces al corpus lingüístico para encontrar ejemplos de su uso. A veces me toma mucho tiempo, pero qué se le va a hacer; soy profesor, traductor y periodista y como tal tengo manía por las palabras.  

Londres,

Abril de 2021

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