Un día sin escribir

Un día sin escribir es un día perdido. Un día sin haber existido. He perdido así la mayor parte de mi vida.

Es como no haber respirado el aire fresco de los parques ni haber regado las plantas.

Como conocer a una persona por primera vez, decirle tu nombre y quién eres y que luego ella no recuerde haber conversado contigo.

Es como no haberle dicho a tu madre que la amas y cuando quieres hacerlo ella ya se ha ido.

Es también como recordar la respuesta correcta de la pregunta de un examen después de haberlo entregado incompleto o como la pregunta que nunca te atreves a hacer en una entrevista.

Es como el cariño que puede ofrecer naturalmente el padre a su hijo, pero prefiere guardárselo y no decírselo. Un día sin escribir puede ser tan torpe como eso.

Como el periodista que carece de fuentes y que ignora las historias de su barrio.  Como tener un diccionario y nunca haberse sentido feliz al descubrir palabras nuevas.

Quizá es como haber nacido mudo y tener tanto que contar, o haber nacido, pero sin que el resto de los mortales se de cuenta de que estás con ellos en este mundo y que pudiendo gritar por auxilio prefieres no hacerlo.

Es vivir por vivir como lo hacen los ratones o las gallinas. Y yo he sido peor que un ratón y una gallina a lo largo de mi existencia.

Un día sin escribir es haber renunciado a la vida, a lo divino, haber comprendido con humildad que no eres un dios griego y que sólo eres un ser insignificante, un ciudadano de tercera y que es mejor que de esa insignificancia no quede huella alguna el día que te vayas.

Es como el sol que se rehusa a salir en el estío, o como la lluvia que se ausenta de los campos. Es llorarle a un muerto en su tumba o leer las columnas de los periódicos buscando sabiduría.

Pero es más absurdo que eso. Un día sin escribir pudiendo hacerlo puede ser tan desgraciado como poder faire cattleya con la persona amada y preferir no hacerlo.

Es como tener un libro en la mano y nunca abrirlo. Como tener rosas en tu jardín y nunca pararte a observarlas cómo crecen o saber cómo huelen.

Es como no romper el hielo en el tren con los pasajeros que están a tu lado por pura indiferencia o cobardía y mirar a la nada por la ventana.

Es haber renunciado a la curiosidad, a la sensibilidad innata que tiene el niño para maravillarse con todo lo que ve u oye.  

Es como un pez insensato que se rehusa a vivir en la profundidad de los oceános. Como despreciar el tesoro de las memorias y dejar que estas se vayan como agua por el fregadero y desemboquen en el olvido.  

Es como jactarse estúpidamente de haberlo comprendido todo en la vida y no haber vivido nada.

Como nunca haber amado, odiado, llorado ni haber experimentado la injusticia o la ternura. Es como una vida estéril con demonios domesticados. 

Es como no asombrarse con las contradicciones internas.

Un día sin escribir es una muestra de que a la vida la rige más el azar y no el milagro. Es renunciar a lo que nos hace humanos.

Es como una sociedad civilizada que ya no protesta, una juventud sin pasión. Una vejez sin arrugas.

Es como vivir la vida de quien escribe estas líneas, una vida inexistente, insípida e invisible como una coma en un novela, como una gota de lluvia en la tormenta.

Como haberse muerto, haber desaparecido, haber renunciado a todo. 

Es no saber aprovechar los momentos que son cortamente eternos.

Vivir y no poder escribir es un tormento.

Londres, 26 de marzo

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