Estancados en el tiempo

“Mientras estaba con mi familia, me arrepentí de haberme ausentado tanto tiempo y me prometí y les prometí a todos que a partir de ahora iba a regresar a Perú una vez al año.”

Hace exactamente un año me encontraba regresando a Perú de visita después de cinco largos años de ausencia.

A estas horas estaba en plena mitad del Atlántico, muy por encima de las nubes, en un vuelo de Air France que partió desde Londres. Hice una corta escala en París para luego, catorce horas después, aterrizar en Lima, —esa ciudad que llevo dentro de mí todos los días desde que vivo fuera de ella. Estaba muy nervioso. Fue uno de mis días más felices del año maldito que se acaba de ir.

Qué diferente luce todo hoy tan solo un año después. El mundo está irreconocible. En los países ricos la gente llora a sus muertos por Covid con la misma angustia que la de los países pobres. Si en abril hubiera entrado en coma y si al despertar hoy lo primero que hubiera hecho es coger el diario, alguien me hubiera tenido que explicar que en realidad ha pasado casi un año, aunque los titulares me dejan con la impresión de que el tiempo se quedó congelado. Todo sigue igual de mal.

Resulta que seguimos encerrados. Atrapados. Somos prisioneros de un virus que aun cuando no nos ha tocado sufrir sus síntomas todavía, igual padecemos sus efectos en el día a día. Toda Inglaterra vive su tercer confinamiento desde hace tres días porque la nueva variante del coronavirus está fuera de control y los casos de contagios aumentan muy rápido en la isla.

Solo podemos salir por razones estrictamente obligatorias. Es decir, solo para comprar alimentos y medicina, para trabajar si es que no podemos hacerlo desde casa, para huir si nuestra vida corre peligro dentro de casa y para hacer ejercicios al aire libre una vez al día. Todos los vuelos para irse de vacaciones están prohibidos. Solo te permiten viajar a lugares donde uno tiene permiso legal para ir. El gobierno británico dice que las restricciones podrían durar hasta marzo, pero los científicos dudan que este nuevo confinamiento vaya a ser efectivo; así que podría durar mucho más.

Con una vida así llena de tantas restricciones no es difícil caer en la monotonía o en la locura. Por eso pienso que para no caer en ninguna de ellas uno se tiene que refugiar como nunca antes en la lectura, en las películas, en los detalles insignificantes que nos rodean, pero que por años han pasado desapercibidos sobre todo para los que vivimos en metropolis gigantes llenas de ruido. Pero creo que también debemos refugiarnos en los recuerdos.

Me alegro de haber ido a Perú el año pasado. Creo que tuve suerte porque hoy mismo con la situación actual no podría. Resulta irónico porque ahora tengo residencia indefinida en el Reino Unido. Es decir, puedo entrar y salir del país cuantas veces quiera. Ya no me asustan las fronteras. Ya no me ponen ansioso. Ya no me preocupo de si los británicos me darán el visado o no, ni tengo que llenar formularios engorrosos que antes me daban vergüenza. Pero todas esas ventajas migratorias de nada me sirven ahora porque las fronteras están nuevamente cerradas. Los vuelos a Perú desde Europa siguen suspendidos desde que el Reino Unido se convirtió a finales de diciembre en el país exportador de la nueva peste que se originó en China. Así que ir a Perú justo antes que la pandemia apareciera y se esparciera por doquier fue la mejor decisión que pude tomar.

Cuando llegué a Lima después de tanto tiempo, abracé a mi madre en el aeropuerto. No lloré en ese momento, pero sí sentí mucha pena por dentro. La abracé muy fuerte y la llené de besos. Ella también me abrazó con mucha fuerza y me besó como si fuera todavía un niño.

La vi más pequeña, más frágil y con más arrugas en el rostro y el cuello. Tuve que ser fuerte para no ponerme sentimental delante de todos. Ella me dijo:

— Te has vuelto un inglés. Ya no lloras como cuando eras pequeño.

— Qué dices mamá. Siempre voy a ser peruano.

— ¿Qué? ¿Ya no te acuerdas lo llorón que eras?—, dijo uno de mis hermanos dándome un fuerte abrazo.

— ¿Ya no te acuerdas cuando perdimos el partido de vóley contra la Unión Soviética?

— Mamá, Frank está llorando en su cuarto. ¿De qué lloras oye sonso? ¿De qué lloras ah?

— ¿De qué lloras hijito? A ver cuéntame, ¿qué te pasa papito?

— De todo lloras oe.

— Si pisamos una hormiga, lloras. Si matamos una araña, lloras. Si te dicen borrego por tu pelo, lloras. Si te dicen en el colegio que papá está muy gordo, lloras. Eres un llorón.

— ¿De qué lloras hijito? Cuéntale a tu mamá.

— Es que Perú ha perdido, mamá.

— ¿Ya ves? Lloras de todo.

—Claro, claro que me acuerdo.

Vi a mis hermanos un poco más gordos, con más años. Brunella y Paolo, mis dos sobrinos mayores, ya estaban casi de mi tamaño y acababan de empezar la universidad. Otro de mis sobrinos que dejé cuando sólo balbuceaba sus primeras palabras ahora era capaz de recitarme trabalenguas en español a la perfección. Seguramente, mi familia también notó cambios en mi físico. Sí, ya tengo algunas canas y ya no soy el mismo flaco que cuando tenía veinte. Hay que admitirlo, todos estamos un poco más viejos.

Miré alrededor y me parecía que todo el mundo en Perú se había achicado. El aeropuerto de Lima es tan pequeño que parece una broma de mal gusto que ese sea nuestro único aeropuerto internacional. Mientras caminaba y salía del aeropuerto, me sorprendió ver lo enanos que somos los peruanos. En realidad, yo mido un metro ochenta, soy alto en Perú, pero en Inglaterra mi estatura pasa desapercibida.

Mientras estaba con mi familia, me arrepentí de haberme ausentado tanto tiempo y me prometí y les prometí a todos que a partir de ahora iba a regresar a Perú una vez al año. Mi próximo viaje estaba pensado para diciembre, pero no me animé a reservar mi vuelo porque, como sigo las noticias todos los días, sabía que el virus no se iba a ir todavía por más entusiasmo que generara a nivel mundial el anuncio de las vacunas.

Reencontrarme con Lima fue por unos días como volver a visitar a la novia que uno tontamente deja, pero que nunca deja de querer. Caminé horas y horas por la Costa Verde, mi lugar favorito, el único lugar de todo el Perú que de verdad me hace cuestionar mi vida en Europa. Llené mis pulmones con la brisa de las playas que bañan Chorrillos, Barranco y Miraflores. Me encontré con viejos amigos en el malecón de Armendáriz, en el óvalo del Parque Kennedy y aunque con algunos de ellos ya solo teníamos en común el pasado, para mí seguían siendo como mis hermanos. Les presenté a mi mujer quien me acompañaba al Perú por primera vez y todos juntos fuimos a beber unos tragos a lugares que antes no existían y a visitar los bares del centro histórico de Lima donde mis amigos y yo habíamos pasado nuestra época bohemia mientras íbamos a la universidad. Es una pena que algunos de esos bares ya no existan.

A pesar de tener un itinerario bien apretado durante ese corto mes de vacaciones visitando familiares en Lima y fuera de ella, un día aproveché en ir solo a la Casa de La Literatura Peruana y me volví a sentar en una de las bancas donde antes me sentaba a leer el periódico o alguno de esos libros que me causaron un huracán interno cuando era tan solo un joven de veintitantos años. Cogí uno de los últimos números de Buen Salvaje y me lo traje a Londres. El tiempo se acababa y sabía que un mes de vacaciones no iba a ser suficiente para pasearme por todo Perú, pero llegamos a visitar Cuzco y sus sitios más emblemáticos.

Cuando paseábamos por Lima, mi mujer lo veía todo con ojos de turista, impresionada con los techos planos de las casas y edificios, de que en esa ciudad nunca lloviera, del caótico transporte, de que no existieran reglas de tránsito claras, y de muchas cosas más, pero donde ella veía todo eso yo solo veía recuerdos.

Dejamos Lima cuando lo de la pandemia era una noticia tan lejana que literalmente todo eso nos sonaba a chino. Ni le prestamos atención. Ni los diarios se habían convertido en anunciantes del apocalipisis. Nadie en Occidente la tomaba en serio y más bien la veían como una de esas epidemias que solo podían ocurrir en países salvajes, exóticos, y quizá, incivilizados.

El día de nuestro regreso a Londres hicimos una corta escala en Ámsterdam y en el vuelo de conexión detrás de nuestros asientos se sentó una persona de rasgos orientales con un tapabocas celeste. Un año después ese tapabocas se ha vuelto de uso obligatorio en todo el mundo y ahora abundan tanto por doquier que todos los días cuando salgo a caminar me encuentro con muchos de ellos pisoteados y sucios por las aceras donde transito.

Mi partida del Perú siempre fue voluntaria. Si yo quisiera, podría regresar de manera permanente más adelante y quizá lo haga en su momento, pero me fui porque quería vivir experiencias nuevas, porque soy aventurero, aunque es verdad que ya no tanto como antes. Pero me fui sobre todo porque quería —vaya locura la mía—, escribir desde el exilio, desde mis memorias, desde mis recuerdos más recónditos.  

Reconozco que fue una decisión bastante tonta, ingenua y egoísta que ha tenido un coste familiar y social grande, pero, aunque quiero mucho a mi familia, me gusta la vida en el extranjero. También he perdido contacto con algunos amigos y por más que lo intente a veces es difícil retomarlo.

Es el paso del tiempo y con eso no se puede luchar, pero desde la distancia me alegra mucho conversar con ellos cuando se puede porque nuestras vidas han cambiado bastante, y cuando no se puede pues me resulta grato recordarlos en silencio y saber que en algún momento fui muy feliz con ellos.  

Londres,

Enero de 2021

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