Los libros y los viajes

Ir a una librería es uno de esos pasatiempos misteriosos que el comprar libros por internet no te puede dar.

Parece ser que cuando entramos a una librería, a los que nos gusta la idea de construir una biblioteca que sea un reflejo de nosotros mismos, nos rendimos ante esos anaqueles grandes y altos.

Nos olvidamos por un momento de lo que buscamos porque nos dejamos cautivar por los que posan frente a nuestros ojos.

Pero, creo yo, que con cada visita a una librería no sólo descubrimos nuevos libros. Una visita a ella puede ser un redescubrimiento de libros que tenemos pendientes.

La memoria es frágil y a veces con tantas lecturas pendientes puede que nos distraigamos con el descubrimiento de otros autores, pero si los ponemos en un estricto orden subjetivo ocuparán un rol secundario.

Pues, eso es lo que me ha pasado hoy en el centro de Estocolmo, a donde vine hace unos días a visitar a unos amigos que conocí en Londres.

Después de pasear esta mañana en mi último día por el centro de la capital sueca junto a otros turistas en una de esas guías gratuitas que abundan en las ciudades europeas, al no quedar muy satisfecho con el recorrido decidí recorrer por cuenta propia la ciudad.

Me encontré con la librería Söderbokhandeln Hanson & Bruce, ubicada en el barrio bohemio Södermalm, un lugar con calles muy animadas, llenas de bares y terrazas donde los suecos disfrutan del tibio verano.

Entré a la librería con la intención de comprar algo de ficción sueca (en inglés, por supuesto) antes de regresar a Londres y así descubrir qué más, aparte de las novelas de Stieg Larson, leen los suecos.

La librera, una rubia mucho más alta que yo con un inglés muy fluido, me recomendó dos publicaciones recientes: una novela detectivesca del Estocolmo actual y una de misterio en la misma ciudad, pero ambientada en el siglo XVIII.

Un comentario en la portada superior de la primera decía que era mucho más original que la saga del famoso escritor sueco y las páginas iniciales de la segunda estaban escritas para atrapar al lector.

Así que con esas buenas recomendaciones estuve a punto de comprarlas si no fuera porque decidí revisar los otros anaqueles de libros en inglés y gracias a ello encontré un libro que de sólo verlo me dije que tenía que ser mío.

Me refiero a Paintings in Proust (2017) de Eric Karpeles, una guía visual con anotaciones del autor que junta todas las pinturas a las que Proust hace referencia en las siete novelas de En busca del tiempo perdido.

Pinturas en Proust de Eric Karpeles – Un complemento visual para En busca del tiempo perdido

Sin duda creo que será una referencia que me ayudará a entender a mayor cabalidad el mundo literario de Proust, de quien soy un aficionado lector desde que lo descubrí gracias a mis lecturas del boom latinoamericano.

Desde que empecé a leer seriamente a esos escritores, he vivido los últimos veinte años de mi vida, casi toda mi primera juventud, comprando libros en librerías limeñas y europeas, ahora también por internet, y dedicando gran parte de mi tiempo libre a leer, a veces como un ejercicio de sadismo como lo decía Bolaño, las lecturas de clásicos y contemporáneos que ya me hubiera gustado leerlos cuando niño o de adolescente.

He leído hasta ahora solamente tres de las siete novelas de Proust y debo admitir que tengo un sentimiento constante de autoreproche por no haber podido leer todavía las otra cuatro, pero es que en este mundo completamente rendido al entretenimiento efímero y visual cada vez es más difícil poder encontrar tiempo y poder concentrarse por largas horas.

Creo que el libro de Karpeles es un buen recordatorio que me hará retomar mis lecturas del escritor francés.

Leer a Proust por completo es una de esas tareas pendientes que tengo con la gran literatura. Las tres que he leído me han dado mucha satisfacción y no sé si alguien en estos tiempos donde reinan Instagram, Netflix o Tinder me pueda entender qué diantres hago yo leyendo a gente que ya está muerta.

Ahora me encuentro en el aeropuerto Arlanda donde espero sentado mi vuelo de regreso a Londres y mientras a mi alrededor se oyen anuncios de vuelos en inglés y sueco, el bullicio de pasajeros y el sonido de miles de maletas rodantes, hojeo el libro grueso y puedo ver ya las pinturas del arte occidental que van desde el Trecento hasta el siglo XX.

Al ver cada una de ellas asiento mi cabeza de la misma manera que lo hacía la Princesse de Parme cuando le hablaban de lienzos que ella no conocía, pero que yo sí quiero conocer.  

Estocolmo, julio de 2019

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