El paso del tiempo

Gianella, se llamaba, y mi madre la quería como si fuera su propia hija.

Era una chica sana. No fumaba. Tampoco le gustaban la cerveza ni las drogas. Gianella se sentía parte de la casa. Era la novia de Eduardo, mi hermano, su primer novio. Eran muy unidos y para mí, Gianella era como mi propia hermana.

Para muchos, no hubiese resultado difícil creer que era familiar nuestro. Aunque no se parecía a ninguno de nosotros exactamente, tampoco se podía decir que fuera muy distinta: su piel era parecida a la nuestra, y tenía el cabello oscuro como el nuestro.

Cuando Eduardo cumplió 18 años, ella le regaló un casette grabado con canciones estridentes de Iron Maiden que a él le gustaban y otro con la voz de ella y canciones cursis que ella usaba como música de fondo para decirle todo lo que sentía por mi hermano. 

Y cuando ella cumplió la misma edad, mis padres le organizaron una fiesta tan grande como la que le hicieron sus propios padres. Gianella no se podía quejar de la vida: era estudiosa, guapa, y sobre todo era una joven muy querida. La querían sus padres, mis padres, obviamente mi hermano, y claro está, yo también.

Ella siempre fue más inteligente que Eduardo. Más de una vez lo salvó de desaprobar una que otra asignatura. Él estudiaba periodismo en una universidad pituca que mi padre pagaba con esfuerzo, pero creo que se equivocó de carrera. Ella estudiaba ingeniería en una universidad nacional.

En todo ese tiempo ella fue muchas veces la que lo ayudaba con las tareas, la búsqueda de libros en la biblioteca, la preparación de fichas y muchas veces le redactaba los trabajos de investigación en la máquina de escribir de papá y luego en la primera computadora que compramos. Cuando él se bloqueaba, ella lo echaba en el sillón, y mi hermano de lo uraño que a veces era se convertía en un león domado.

Ella le daba masajes en la cabeza con la yema de sus dedos y él se quedaba dormido entre sus piernas. Parecían dos viejos cuando se cuidaban y a veces dos niños inocentes cuando jugaban. Cuando ella se estresaba con sus trabajos de ciencia, mi hermano la sacaba a bailar, y también la ayudaba de la misma forma que ella lo hacía.

Eran buenos bailando. El que menos se los decía. Yo los miraba siempre y me quedaba con la boca abierta cuando en casa se movían al ritmo de los Adolescentes, una orquesta venezolana que puso a bailar a todo Lima. De grande, me decía yo, me gustaría tener una novia como Gianella, una novia con quien no poder sentir el paso del tiempo.

Cuando terminaron la universidad, mi padre les regaló dos pasajes de avión a Cusco por cinco días. Fue su primer viaje en avión y la primera vez que ellos iban a pasarla tan lejos de casa. Pasearon mucho y se tomaron muchas fotos, fotos que ahora han quedado empolvadas y olvidadas en un álbum que ya nadie abre porque ahora todo se ha vuelto digital. Sólo las miro yo a veces cuando la nostalgia regresa de manera involuntaria.

Así, llegaron a pasar cinco años, en total ocho, desde que se conocieron por primera vez en una academia de Lima, y en todo ese tiempo llegaron a conocerse muy bien. Ella sabía qué le gustaba a él y él sabía qué cosas la ponían de mal humor. Eran los mejores amigos, tenían una complicidad que mis padres hacía tiempo habían dejado de tener. A veces hacían de mis padres cuando me llevaban al parque y me enseñaban a montar bicicleta. Cuando yo salía con Gianella, yo sentía que tenía a mi hermana mayor a mi lado. La quería mucho y me gustaba cuando ella se ponía a jugar con mis rulos. Era, sin duda, un cuñado muy tierno.

Como todas las parejas, a veces se peleaban, pero el enojo se les pasaba rápido y todo volvía a ser como antes.

Por aquel entonces, los años seguían corriendo con la misma velocidad con la que corren ahora y nos acercábamos a un nuevo siglo pero nunca se sentía que pasara el tiempo. Mi padre aún vivía y nunca nos imaginaríamos que mi madre pasaría sus últimos días en una silla de ruedas, ni que mi abuela se iría de este mundo sin saber su nombre ni quién era, víctima de Alzheimer. Todo se mantenía igual todos los días, y eso me gustaba. Sentía que Eduardo y Gianella siempre seguirían juntos y que Gianella sería mi hermana de toda la vida. No sabía lo que era el miedo.

Con los ahorros de su primer año de trabajo, los dos se fueron a Chile. Era la primera vez que se iban de vacaciones al extranjero, muy lejos de casa. Todos estaban orgullosos. Eran los primeros de la casa que viajaban en avión. Estuvieron dos semanas por allá y cuando sonaba el teléfono yo corría más rápido que mamá para contestar y escuchar la voz de Gianella. Extrañaba a ambos, pero sobre todo la voz de ella.

A su regreso, algo me llamó la atención. Gianella dijo que no había podido dormir en el avión y que por eso tenía los ojos un poco hinchados. Mi madre le creyó y yo también. Pensaba que debía ser muy difícil poder conciliar el sueño cuando se está por muy encima de las nubes.

Mi hermano se había quedado fascinado con Chile. Decía que ese país nos llevaba años luz en desarrollo, pero ella no estaba de acuerdo. Cada vez que él alababa ese país extranjero, ella decía que las chilenas no eran chicas de su casa como las peruanas, que las chilenas llevaban muchos tatuajes, que decían muchas lisuras y que se vestían para provocar a los hombres. A veces discutían por ese tema, pero luego el enojo se les pasaba cuando se ponían a ver una comedia.

Un día cuando ellos pensaban que no había nadie en casa, para mi sorpresa escuché a Gianella que lloraba con miedo:

– No quiero, Eduardo.

– Tómatela por favor, es por tu bien. Aquí está el vaso de agua.

– Es que me da miedo. No quiero hacerlo. Dicen que es malo.

– No te va a pasar nada. Yo voy a estar contigo.

– No me dejes nunca por favor.

– ¿Cómo crees? Eso jamás mi amor.

Gianella estuvo triste y enferma por unos días, pero sólo dijo que había comido algo que le cayó mal al estómago.

Por muchas semanas ya no era exactamente la misma, y cuando notaba su rostro triste me acordaba de ese pastillita blanca en su mano. Pero luego volvió a la normalidad y yo estaba feliz de verla tan feliz como antes.

Así pasaron unos años más y ambos tuvieron que cambiar de trabajo. Ella consiguió uno al norte de Lima y él en un canal de televisión por unos contactos que tenía papá. Aún así, hacían malabares para verse los fines de semana. Pero Eduardo ya no era atento con ella y a veces ya no parecían novios sino hermanos. Ya no los veía besarse ni que jugaran con los cojines del sillón.

El nuevo siglo acababa de empezar. Y algo extraño pasaba: notaba a Gianella cada vez más triste y a mi hermano más enojado e impaciente que antes. Mi padre decía que el problema era Lima.

– Esta ciudad llega a estresar a todo el mundo, hijo.

Un día tuvieron una discusión muy insignificante si la comparo con las que tuvieron antes. Y aunque Gianella no perdía las esperanzas de regresar con mi hermano, esta vez, para sorpresa de todos, no regresaron más.

Gianella no lo sabía todavía. Ella seguía llamando a casa pero Eduardo ya no quería conversar con ella por teléfono. Mi madre le pedía que tuviera paciencia, que seguro el mal genio se le pasaría en un par de días.

– En eso es igualito de terco que su padre, Gianellita. Vas a ver cómo te llama luego diciéndote que te extraña. Así son los hombres, hijita. Les gusta hacerse de rogar.

Gianella seguía llamando y cuando mi madre ya no sabía qué decirle me mandaba a mí a que contestara el teléfono.

– ¿Cuándo vienes Giane? Yo te echo de menos, le decía.

– Iré pronto pequeño, y saldremos a montar bicicleta por la Huaca Pucllana como antes ¿ok?

Pero ella no podía contener las lágrimas y escucharla llorar me partía el corazón. Sentía angustia y ansiedad y un dolor extraño en medio del pecho.

Era mi hermana pero sentía que ya no lo iba a ser más. Odiaba a mi hermano, pero él no decía nada y muchas veces se tiraba en el sillón de la sala, encendía la tele pero no veía nada, su mente divagaba y así estuvo por muchos meses.

Mis padres ya no sabían qué hacer con él. Sólo salía para trabajar y nada más. Ya no salía con sus amigos, no iba a ningún sitio. Gianella seguía llamando y yo seguía cogiendo el teléfono. Lloraba mucho.

Una noche mientras yo intentaba dormir escuché que mi hermano lloraba muy bajito. Así que sin que nadie se diera cuenta abrí un poquito la puerta de su habitación. Jamás lo había visto tan triste: lloraba con mucho arrepentimiento, como si hubiese cometido un crimen. Mordía su almohada con furia, y con sus manos hacía puños con mucha rabia contenida. Salí sin hacer ruido pero podía escuchar lo rápido que latía mi corazón. La ansiedad que me mantuvo despierto toda esa noche no me dejó respirar con tranquilidad. Pensé en Gianella toda esa madrugada.

Pasaron unos días y él seguió pensativo hasta que un día nos sentó a todos en la sala y nos dijo sin mucho preámbulo algo que nos cayó como un baldazo de agua fría:

– Voy a ser padre de una niña.

– …

– …

– Es una niña y nace la semana que viene.

– …

– …

Gianella volvió a llamar una vez más y de ahí nunca más volvió a hacerlo.

Londres, febrero de 2018

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